miércoles, 14 de enero de 2015

¿Por qué Raúl Castro no abrirá espacios políticos?

¿Por qué Raúl Castro no abrirá espacios políticos?

LA HABANA.- Obama está jugando en largo. Con otras perspectivas y estrategias. Estados Unidos piensa y actúa según su visión geopolítica, siempre protegiendo su seguridad nacional

CUBA | 18 de Enero de 2015
¿Por qué Raúl Castro no abrirá espacios políticos?
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El gobernante cubano Raúl Castro y el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama. (Archivo)
LA HABANA.- IVÁN GARCÍA
Especial
En el juego en corto parece que el General Raúl Castro salió vencedor tras las negociaciones secretas de año y medio con su enemigo de toda la vida. Pero Barack Obama ha sido ladino.
Obama está jugando en largo. Con otras perspectivas y estrategias. Estados Unidos piensa y actúa según su visión geopolítica, siempre protegiendo su seguridad nacional.
Cuba no es un mercado tan atrayente como lo pintan algunos analistas. Todo lo contrario. Los presuntos consumidores sin dinero en el bolsillo y un Gobierno con las arcas vacías no prometen grandes negocios.
El crédito a un régimen sin fondo es siempre una disyuntiva temeraria. No hay nada más cobarde que el dinero. Sobre todo si se corre el peligro que no te lo devuelvan.
Y los peor, todavía quedan barreras: el embargo económico de Estados Unidos y el embargo de Castro a sus ciudadanos. Absurdas normas para los hombres de negocios, quienes además de estrafalarias tasas cambiarias y leyes dependientes del régimen, no pueden negociar directamente con sus empleados.
La puerta quedó abierta para las telecomunicaciones y el trabajo privado. Pero entre los sectores que Cuba puso en venta en el tablero de monopolio no están las comunicaciones.
Habrá que ver si Raúl Castro acepta que un campesino particular pueda negociar directamente un crédito con un banco estadounidense y comprar fertilizantes, semillas o un tractor.

El embargo pudiera derogarse en cuestión de meses si el general iniciara cambios políticos y se comprometiera a respetar los derechos humanos. Pero no hay señales que indiquen reformas políticas.
Todo lo contrario. El pasado 30 de diciembre, el Gobierno entró en pánico por un simple performance artístico y utilizó el arma que mejor conoce: la represión. Pudieron haber sido más y creativos y, por ejemplo, tupir el micrófono abierto de la artista Tania Bruguera con sus partidarios.
La autocracia no va a orquestar un giro hacia la democracia. No por viejos, ni tontos, si no por una cuestión de supervivencia.
Demasiadas veces, los políticos estadounidenses han pecado de ingenuos. La historia de Cuba a partir de 1959 muestra que los hermanos Castro tienen tres enemigos jurados. Uno externo, Estados Unidos, que le sirve de combustible para mantener la unidad interna y sus políticas de barricadas. Otro interno, la disidencia, que en cualquiera de sus variantes (política, periodística, intelectual o artística) siempre le será dañina y la misión principal de los servicios especiales es dividirla, descalificarla, destruirla. Su tercer enemigo es el trabajo privado.
A los pequeños empresarios los ven como delincuentes. Basta revisar las leyes cubanas, leer el segundo acápite de los lineamientos promovidos por Raúl Castro. Está claro: no van a permitir acumulación de capital por cubanos residentes en la isla. Los estatutos del trabajo por cuenta propia están diseñados como cortafuegos para frenar el enriquecimiento de los ciudadanos.
El Gobierno sabe que son empleos y oficios precarios. Ganar dinero para comer, vestirse, beber cerveza y, si acaso, pasar un fin de semana en un hotel. No más.
La etiqueta de “pequeño empresario” que generosamente le endilga la Cámara de Comercio estadounidense a tipos como Pablo, que en Mantilla, un barrio del sur de La Habana, vende pan con mayonesa y churros rellenos de guayaba, no es equivocada según sus cánones.
En Estados Unidos sobran los ejemplos de ínfimos negocios personales que han terminado en poderosas corporaciones. Casi jugando, para tontear con jóvenes de su universidad, Mark Zuckerberg creó Facebook.
Una mañana cualquiera, Bill Gates abrió una oficina de computación en el garaje de su casa. LeBron James, un chico que creció sin su padre y una madre rozando la pobreza, es ahora un formidable jugador de baloncesto que gana millones de dólares al año.
Es la mentalidad de los hombres de negocios y de los políticos en Estados Unidos. Personas nacidas en una sociedad que potencia la creatividad, el emprendimiento y la individualidad.
Pero la isla de los Castro es una sociedad diseñada para apagar al individuo talentoso, la competencia y las pequeñas empresas.
Son las leyes del comunismo. China y Vietnam fueron más originales. Pero no están en la órbita occidental y sus fronteras marinas no besan las costas de la nación más poderosa y pujante del mundo.
Lo que decía Deng Xiaoping, hacer dinero no es pecado, no forma parte de la estrategia de Raúl Castro. El régimen cubano solo permite que sean prósperas aquellas empresas administradas por sus hombres de confianza, militares en su mayoría.
La clave del sistema verde olivo es el poder. ¿Entonces Obama se equivocó al cambiar las reglas de juego? No. Fue una buena movida, acorde a sus intereses nacionales y su concepto de cómo debe funcionar una sociedad.
Pero del lado de acá del Estrecho de la Florida, la mentalidad y las maniobras son muy distintas. Se pudiera pensar que sin un enemigo al cual culpar del desastre económico, Raúl Castro abriría las puertas.
Hasta el 17 de diciembre de 2014, como mejor peleaba el régimen era a la contra. Ahora con el balón en su cancha, no están cómodos.
Aceptarán nuevas aperturas y reglas de juego económicas mientras éstas no pongan en peligro su poder.
En el campo político continuarán cerrados a cal y canto. Y a corto plazo mantendrán el control tributario, mediante un barraje de normas excesivas y gravámenes elevados a los cuentapropistas locales.
Por una razón simple: ésa es su esencia.

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