miércoles, 23 de marzo de 2016

Argentina y la deuda externa

Argentina y la deuda externa

El presidente argentino Mauricio Macri, y su antecesora en el cargo, Cristina Fernández de Kirchner.
La izquierda política argentina, apoyada por la latinoamericana, se escandaliza con la decisión del presidente de ese país y su Cámara de Diputados de negociar el pago de la millonaria deuda con los llamados "fondos buitre".

Los detractores de la medida alegan que con ella el país se sumergirá una vez más en el endeudamiento. Se olvidan los críticos de que en realidad Argentina quedó endeudada durante los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández; ahora se trata de saldar la deuda que esos voraces y populistas gobiernos de izquierda provocaron con sus desproporcionados gastos públicos.
Lo lógico es que sea devuelto el dinero utilizado para comprar voluntades, engordar las cuentas privadas de los gobernantes y sus parientes y acometer obras y servicios públicos voluntaristas e irracionales. Fue dado en préstamo por bancos e instituciones que se dedican a hacer crecer el dinero confiado a ellos por ahorristas y empresarios. Si el préstamo es invertido debidamente, el resultado final es que todos ganen, ahorristas, empresarios, prestamistas y prestatarios.
Pero los gobiernos populistas pretenden quedar bien con sus gobernados a costa de otros. A estos gobernantes les viene de perillas la colaboración desinteresada, los préstamos posteriormente condonados y cualquier otra fuente de capital no proveniente de su propia gestión.
En lo interno son dados a los aumentos de salarios, incrementar los impuestos a los empresarios privados y crear empleos públicos sin ton ni son, cuál de ellos más improductivo. El cebo utilizado para engatusar tontos y vagos son los servicios de educación y salud hipertrofiados a cargo del Estado benefactor y el gigantesco presupuesto para la defensa, gastos que por supuesto también ayudan a encubrir la malversación de los fondos públicos.
El origen de la deuda externa argentina, como el de la cubana o la griega, es la política derrochadora de los gobernantes y no es responsabilidad de los que prestaron el dinero. En su momento, el Gobierno de Fidel Castro fue el abanderado del no pago de la deuda; al final, ha tenido que negociarse con los acreedores. A Tsipras en Grecia le ocurrió lo mismo a pesar de llegar al poder bajo similar consigna demagógica. En Buenos Aires, Mauricio Macri heredó un país endeudado en el que los inversores no ven garantías ni las instituciones financieras se sienten estimuladas a prestar a quien se niega a pagar lo que debe.
La amenaza para Argentina no proviene de los fondos buitre, sino del estancamiento a su desarrollo provocado por la política económica errónea de los antecesores de Macri. Los argentinos lo saben y por eso es que el pie de foto aparecido en la página 4 del periódico Granma del día 17 de marzo declara que "Varias personas se manifestaron frente al Congreso en contra de que Argentina se sumerja una vez más en el endeudamiento."
Solo varias personas, dice, los que más saben que el país ya está endeudado hasta el cuello y no es culpa del presidente ni del Congreso. Después algunos se preguntan por qué la izquierda latinoamericana ha perdido terreno y la respuesta está a la vista: pedir dinero prestado para ser popular o quitar a los ricos para dar a los pobres no son soluciones para un desarrollo sostenible.
Los pueblos ya se dan cuenta que el socialismo de nuevo tipo, igual que el viejo, es ventajoso en apariencias, pero a mediano o  corto plazo la deuda contraída por las supuestas gratuidades los asfixia y les niega el futuro. Mientras los gobiernos de izquierda tienen a quien desposeer o disponen de incautos que les presten capital, todo parece ir bien, pero por sí mismos promueven la improductividad, la corrupción y la desidia.
La deuda externa es pagable siempre que los gobiernos sean capaces de incentivar la productividad de sus ciudadanos y no derrochen los recursos financieros en planes quiméricos y políticas sociales populistas como ha sido el caso de Cuba con los Castro, Venezuela con Chávez y Maduro, y Argentina con los Kirchner. La pregonada justicia social se convierte en injusticia cuando los emprendedores y productores están obligados a trabajar para mantener a burócratas y vagos, y además pagar la deuda contraída por el Gobierno.

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